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Otman Augusto Quintero Torres

  El viaje al estado Amazonas había sido planificado con tres meses de anticipación. El grupo salió de la Urbina la última semana de agosto y se esperaba que estuviésemos de regreso a finales de septiembre. El entusiasmo y expectativa nos había contagiado a todos. Solo doce de los veintiséis integrantes, ya habían navegado el Orinoco y conocían la región, sin embargo, no imaginamos que estábamos emprendiendo un místico viaje a Boca del Diablo.

Juan Antonio Camacho Jaua, o simplemente Juan Camacho, como lo llamábamos, era el director del Grupo Folclórico y de Danzas del Pedagógico de Miranda José Manuel Siso Martínez. También era profesor de folclore en la Escuela Ricardo Montilla de Guarenas, de la cual participaban seis niños en este viaje. Se encargaba personalmente de cada detalle logístico y de que no se olvidara alguna pieza del vestuario, un sombrero, una máscara, los instrumentos musicales, las imágenes en yeso de San Juan, San Antonio, San Pascual, la Virgen de Coromoto, el Niño Jesús y otros accesorios que serían utilizados en las presentaciones que el grupo realizaría durante la gira.

En Puerto Ayacucho nos recibieron los profesores Antonio Largo, José Gregorio y Darío Mirabal, quienes realizaban, como en años anteriores, el recorrido con la agrupación. Zarpamos desde el Samariapo en el Bongo del Maestro Santiago y navegamos el Orinoco y el Atabapo, para llegar el séptimo día a Guarinuma. En la travesía cumplimos la agenda cultural en Puerto Ayacucho, en la comunidad Piaroa de Caño Grulla y en San Fernando de Atabapo. La programación incluía la Burriquita del Farriar, un alegre baile típico del estado Yaracuy; los Pastores de San Miguel de Boconó, de Trujillo; el Mono de Caicara que fue uno de los más disfrutados por niños y adultos de las comunidades indígenas, quienes se integraban a bailarlo con la agrupación; los Indios Coromotanos del pueblo de Chachopo en Mérida, que se baila en honor a la Virgen de Coromoto; de Cojedes el San Pascual Bailón y los Diablos de Tinaquillo con sus trajes brillantes y coloridos; los Pastores del Limón y la LLora del estado Aragua; el Sambarambulé y Tambores de Miranda; el Tamunangue de Lara y un Sangueo de tambor de San Millán de Carabobo que al ondear sus banderas sobre el manto verde del paisaje, desplegaba un maravilloso abanico de colores en la selva virgen.

El octavo día preparamos el vestuario, accesorios e instrumentos para presentarnos en Guarinuma. Tres razones le daban un especial significado a este evento; era la segunda vez que la agrupación visitaba a Guarinuma, uno de los músicos era nativo del lugar y porque se encontraban en Guarinuma, familiares yaviteros que residían en Cacahual, una comunidad ubicada del lado colombiano. El estudiante del Pedagógico e integrante del grupo era Eligio Dacosta Evaristo, hijo de Don Cesar y la Señora Faustina quienes se cuentan entre las primeras familias en establecerse en aquel hermoso pueblo.

Todas las noches nos reuníamos para revisar los preparativos. Los instrumentos musicales y accesorios debían estar preparados para cada acto e igualmente el vestuario organizado, limpio, planchado y si había alguna costura rota tenía que coserse, muchas veces auxiliados con la luz de linternas o velas y planchas de hierro. El Profesor Juan Camacho cuidaba cada uno de estos detalles. Era un cultor popular profundamente comprometido con su trabajo, con el folclore, un excelente ser humano y buen amigo que siempre, con una amplia sonrisa, se “hacía el paisa” para comprobar que no faltara nada. Aunque algunas circunstancias se presentaban cuando nadie se las esperaba

como lo ocurrido en Caño Grulla, cuando a Eligio, que sostenía el palo en los Indios Coromotanos, le dio un fuerte dolor de estómago justo minutos antes de que los bailadores tejieran la “tela de araña”. Juan Camacho, que bailaba al centro del patio, miró hacia el grupo musical dando a entender que alguien lo remplazara, pero antes de que uno de los músicos tomara el Sebucán, gritó: “Largo, agarra el Palo”, dirigiéndose a Antonio Largo, que con unos “traguitos” encima estaba debidamente vestido con el traje que utilizábamos los músicos del grupo folclórico. Largo no titubeó ni un segundo y agarrando el Sebucán comenzó a girar al ritmo de la música confundiendo a los bailadores, quienes le indicaron que debía quedarse en un solo lugar. Todo esto ocurrió sin que los espectadores se dieran cuenta de lo que estaba pasando y la breve confusión era de entender, ya que el emergente, hasta ese momento no había bailado con el grupo.

Largo quedó, cual presa atrapada en la tela de araña, tejido al palo desde los pies a la cabeza, por lo que Juan Camacho que siempre gozaba de buen humor y nunca perdía la sonrisa, le dijo con picardía; “ahora te quedas allí amarrado hasta que se te pase la borrachera”. Ya desde ese momento y por el resto de la gira, así como de las subsiguientes presentaciones que el grupo efectuó en el Estado Amazonas hasta 1997, el Profesor Largo asumió oficialmente el rol de sostener el palo en los Indios Coromotanos.

El noveno día fue la esperada presentación en Guarinuma, que en idioma Baniva significa “Guari” Boca y “Numa” Diablo. ¡Estábamos en la Boca del Diablo!.

Este pintoresco pueblo fue refundado por familias Banivas a mediado de los años 40 del siglo XX en un lugar que primero se utilizó para acopiar el Caucho y después para cultivar el chiquichique y procesar su fibra; según relató el anciano warekena Valentín Yaparé, la misma tarde de la presentación. Llegando a Guarinuma el curso del río Atabapo se ve interrumpido por los raudales o chorros Chamuchina y Guarinuma, los cuales se hacen más caudalosos durante el verano, obligando a los navegantes que se dirigen a Maroa o hacia San Fernando de Atabapo, a arrimarse hacia la orilla de Colombia para continuar a su destino. En este paso, la sonoridad producida por el majestuoso caudal, sorprende a los visitante desde el primer momento en que se escucha su estruendo anunciado que se está entrando a la Boca del Diablo. Enormes rocas, como gigantes que cuidan de aquellas tierras y sus pobladores, nos reciben junto a familias banivas, curripacos, yerales y yaviteros que habitan en Guarinuma. Su hospitalidad, alegría y atenciones quedó tatuada en nuestros corazones, por lo que la agrupación le dedicó una parranda al pueblo y a su gente que siempre tenían el ánimo y voluntad para aclararnos dudas sobre su historia, tradiciones, costumbres, mitos y creencias. Nos invitaban a comer en sus hogares aunque teníamos nuestra dotación, y por instrucciones del Capitán y del Comisario de la comunidad, los señores Ciriaco López y Pedro Largo respectivamente, se dispuso de la escuela y su comedor para la pernocta y alimentación del grupo. Gustosamente aceptábamos las diferentes invitación y fuimos degustando platos típicos como la Yucuta, el Guarubé, la Manaca, el ajicero, el casabe con Yare, la catara, el morocoto asado, el mañoco, el cuajado de pescado, el sancocho de mono, el pescado pilado con casabe remojado y el sancocho de una tortuga muy apreciada por los lugareños a la que llaman Cabezón, entre otros tantos.

El evento comenzó a las cinco de la tarde y a pesar del inclemente sol; la alegría, entusiasmo y energía se mantuvo hasta el amanecer, cuando trascendió en una fiesta a la que se integró toda la comunidad. Los bailes típicos y danzas folclóricas, así como las parrandas, gaitas de tambora, fulías, golpes de tambor entre otras interpretaciones de la agrupación, alternaron con danzas, bailes, cantos y relatos autóctonos de Guarinuma. Allí presenciamos el Baile del Boy y sus Enmascarados; el Yapurutú donde los ancianos tocan sus flautas de palma Mabe, instrumento que tiene la peculiaridad de que es afinada sumergiéndola en agua y dejándola allí por años. La flauta de mabe la tocan en ocasiones especiales y la vuelven a sumergir. Se dice que en Guarinuma hay una que tiene la edad del pueblo. También escuchamos, en voz de los mayores, misteriosos relatos sobre los “pitadores”, “camajayeros”, “mawari” y “salvajes”, personajes misteriosos que buscan hacer daño con hierbas y maleficios. Estas narraciones centraban la atención en aquel mágico momento. Fue una fiesta llena de majestuosidad, misticismo, colorido, alegría, encuentro y mucha paz.

El día siguiente a la fiesta, un grupo atendió la invitación de Agustín, el enfermero del pueblo, a cenar un Bocón asado en troja. El primero que estaba sentado a la mesa era Juan Camacho con su amplia sonrisa y especial satisfacción por el deber cumplido. Lo acompañaban Eligio, Raquel, Paulina, Haydé, Sotillo, Frank, Joel Belmonte, Antonio Largo y los maestros de la escuela de Guarinuma, Santiago y Ramon. La Yucuta de Manaca refrescaba el momento mientras la esposa de Agustín colocaba al centro de la mesa, aquel sabroso manjar acompañado de yuca y plátano sancochados, mañoco, catara, el infaltable casabe y jugo de túpiro, para deleite de propios y visitantes. Terminando de cenar, Juan Camacho sintió que se le atascó una espina del pescado, lo que le produjo una fuerte tos como intento por expulsar el cuerpo extraño de su garganta. Comenzó por tomar agua y comer plátano para intentar pasarla, pero no lo consiguió. Agustín hizo un esfuerzo por extraerla, pero tampoco dio resultado así que, le suministraron un medicamento para calmar el dolor y se fue a dormir con aquella molestia.

A la mañana siguiente, quinto día de haber llegado a Guarinuma, el desayuno se le hizo incomodo a Juan Camacho, ya que la espina seguía allí clavada. Una anciana le dio a tomar agua tibia con unas goticas de vinagre, comió cambur maduro y aguacates, pero nada le libraba de aquella incómoda y terca espina. Agustín, después de examinarlo en el dispensario del pueblo y pedir orientación por radio, le indicó que la alternativa era llevarlo en una voladora o lancha rápida, hasta Atabapo y desde allí viajar por avioneta al hospital de Puerto Ayacucho. Ni aún con esa información se le borraba la sonrisa ni el buen humor al paciente, quien casi de inmediato le respondió al enfermero, “Yo aprendí a caminar y a nadar, pero no a volar, así que yo no me monto en avioneta”, las carcajadas y comentarios no se hicieron esperar mientras se escuchaba la voz de una anciana que en curripaco decía: “marirri, marirri”, que significa curandero o brujo, “marirri Lebrando”.

Don Lebrando Suárez era un curandero de la etnia Yeral que vivía en pleno corazón de la selva, los ancianos le confiaban muchas de sus dolencias y preocupaciones. También las mujeres y hombres acudían a Don Lebrando para curarse de enfermedades y malestares. Algunos le rechazaban porque decían que era un “pitador” y que tenía poderes de hacerse invisible o transformarse en tigre, culebra u otro animal. Pero realmente gracias a Don Lebrando, este saber ancestral sobrevivía al paso del tiempo. Él conocía los secretos de la selva, así como las propiedades curativas de las plantas medicinales, sus usos y aplicaciones y diferentes preparados.

Agustín nos llevó a la casa de Don Lebrando a través de un fino caminito que parecía una línea trazada sobre aquella verde alfombra. Yo caminaba detrás de él, seguido por Juan Camacho y Ramón el maestro. El trayecto duró casi cuarenta minutos hasta llegar a una humilde vivienda de palma, donde el techo se confundía con las ramas de los árboles. Aunque era temprano, el ambiente bucólico al que se encontraba integrada la choza de Don Lebrando, nos hacía parecer que ya la noche estaba por llegar. El Marirri Lebrando no hablaba castellano, así que Agustín le informó lo que ocurría y de inmediato el anciano curandero nos invitó a pasar al interior de su vivienda donde el silencio era casi absoluto, al punto que aturdía; una lúgubre lámpara de querosén y dos mecheros a manera de cirios iluminaban aquellas cuatro paredes. Habían algunos instrumentos como maracas, una cerbatana y karkaj donde se encontraban varios dardos, puñales, collares y semillas en recipientes colocados en el piso y algunos colgando del techo. No habían sillas, así que permanecimos de pie. Solo Agustín y el Marirri hablaron, mientras Juan Camacho, Ramón el maestro y yo guardamos silencio. Aquel lugar era mágico. De entrada había un agradable aroma a frutas fermentadas, parecían piñas, mangos y cocuras. También aroma a hierbas y flores silvestres. El Marirri comenzó a cantar en su idioma mientras movía brazos y manos, que por estar llenos de pulseras y collares, sonaban como cascabeles. En su mano derecha sujetaba un manojo de hierbas con las cuales daba algunos golpecitos al pecho de Juan Camacho. En la mano izquierda tenía un ramo de flores silvestres y un saquito de tela amarrado con un largo cordel de color rojo. El contenido de aquel saquito lo depositó en una totuma, era una especie de polvo al cual le agregó algunas esencias de fuerte olor contenidas en botellas de vidrio. Luego agarró una máscara y la colocó por unos segundos y sin soltarla, sobre la cabeza de Juan Camacho. La voz del Marirri seguía llenando cada rincón de aquel tenue lugar.

Don Lebrando seguía cantando sus susurros, inundando el espacio de misterio y magia que atrapaba nuestra atención en aquel extraño ritual. Por un momento sentí que me estaba poniendo nervioso, la luz se hacía cada vez más opaca y el humo de los mecheros dificultaba la visión y la respiración. Ya no sentía los agradables aromas a hierbas ni de flores silvestres, mientras el olor a frutas fermentadas se había hecho más intenso. En algún momento, de manera involuntaria y más por nervios que por cualquier otra cosa, dejé escapar una pequeña sonrisa que resonó en el lugar interrumpiendo al Marirri cuando le daba a tomar el preparado a Juan Camacho. Don Lebrando, a quién ya no le veía la cara por lo oscuro y por el humo, volteó hacia mí, dejando al descubierto el brillo de sus viejos ojos y expresó una serie de palabras que nunca sabré su significado. Tampoco los amigos indígenas que nos acompañaban supieron decírmelo. Según Agustin, fue una frase en Yeral a manera de regaño por la interrupción. Yo solo sé que me quedé petrificado como los grandes gigantes que están en la entrada de Guarinuma. Don Lebrando culminó aquel ritual, soplando y susurrando frases sobre la espalda descubierta de Juan Camacho que no lográbamos escuchar.

Ya oscuro, el regreso al pueblo duró más de una hora a través de caminos que apenas se dibujaban en la espesa selva. Al llegar, solo tuvimos tiempo de comer unas arepas que habían preparado las muchachas del Grupo e irnos a dormir. Juan Camacho comió feliz hasta saciarse, mientras decía que milagrosamente ya no sentía aquella molestia. Le atribuía su rápida mejoría al ritual, al brebaje y a las palabras que susurraba Don Lebrando Suárez, el Marirri del pueblo. El curandero, brujo o pitador como algunos le llamaban y que decían que tenía poderes mágicos.

En silencio me fui a dormir ocultando una angustia. No había disfrutado la cena. Extrañamente, desde el momento en que salimos de aquella humilde choza del Marirri, algo comenzó a molestarme en la garganta. Era como una espina de pescado. Lo más curioso, es que yo no había comido Bocón asado. Aquella molestia me desveló toda la noche y me atormentó hasta el amanecer, cuando desapareció de la misma manera en que misteriosamente se me sembró con la mirada de los viejos ojos del Marirri. No me atreví a hablar sobre aquella mística experiencia y no he olvidado el llamado de atención del Marirri Lebrando Suárez, en palabras que jamás sabré su significado.

Juan Antonio Camacho Jaua, con su acostumbrada sonrisa, su humor contagioso y su pasión, amor y profundo respeto por nuestras costumbres, tradiciones y creencias; aprendió a volar el 13 de junio de 1998, partiendo en rítmico vuelo, a bailar en las montañas, sabanas, selvas y caminos del lago celeste de azules aguas, en el cielo donde habita Napirulí, creador del Universo como lo relatan los curripacos. Y es que así era Juan Antonio, tan singular que dejó este plano terrenal el día de San Antonio, de la misma manera en que había visto la luz el 24 de junio de 1959, día de San Juan.

Después de la misa de su novenario, cantamos la parranda que el grupo compuso a Guarinuma el undécimo día de aquel místico viaje. Ese día, al ocultarse el sol, nos sentamos sobre las enormes rocas a orilla del Río Atabapo y, teniendo de acompañantes a los chorros con su armonía y al canto de bandadas de guacamayas surcando el cielo hasta perderse en la selva, inspiró esta canción:

“En el río de Atabapo, gran belleza natural, se encuentra mi Guarinuma, como flor primaveral. Como flor primaveral, que alegran este lugar, y su gente noble y pura, brindan hospitalidad. Que linda es sin duda alguna, toda una esperanza eres Guarinuma…”

Por Otman Augusto Quintero T

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